El Infierno está doblando la esquina y, sin embargo, nos comprometemos a subir al cielo arrastrando todas nuestras calamidades. Si bien es cierto que el fuego jamás pudo traspasar mi cordura.
Acunaba la esperanza de que el glaciar se quebrase, pero las paredes de esta habitación seguirán pareciéndome tan frías como la primera vez que decidí permanecer aquí hasta la congelación. Y llegué a helarme, oh, ya lo creo. El alud trepó por mis piernas y descendió por mis muslos hasta transformarse en torbellino hacia las caderas, que se retorcieron mientras continuaba subiendo por la columna, acariciando cada vértebra y hasta las costillas, dónde las convirtió en témpanos.
El invierno se coló por alguna rendija de la ventana y se ha venido a vivir aquí, y lo siento penetrando la piel y los huesos. Lo siento cantando mientras coloniza cada una de mis arterias, lo siento componer canciones de victoria mientras me inunda el diafragma y crea nieve en los huecos de las clavículas. Lo escucho revolverse dentro de mi cabeza y chocarse contra los parietales. Lo oigo nevar, lo oigo hacer montañas, lo oigo transformarse en cascada y caer desde mis labios hasta el suelo.
Pero las estaciones se suceden, ¿no? Y en algún momento tendría que fundirse y escaparse en maremotos por los poros de la piel.
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